12 días, 12 horas

Hoy es el 12º día seguido que paso más de 12 horas sentado delante del ordenador. Cambios, retrasos, emails urgentes, nieve, adaptaciones, Covid-19, reprogramaciones, Filomena, emails importantes, test de antígenos, urgencias… 12 días #teletrabaconcisobreviviendo, postergando muchas cosas importantes, por otras “urgentes”. Y a estas horas de la noche, cuando todavía me quedan para mañana 2 exámenes por terminar de montar y una clase que preparar, me pregunto si valdrá la pena todo esto.

Este mes de enero de 2021 no tengo sensación de déjà vu: esto es un revival en toda regla, es una reposición pura y dura de los mejores capítulos del confinamiento, encima sabiendo ya de qué va la vaina y qué, en lo importante, a nadie le importa de verdad. Me pasé muchos meses, esperando una llamada de alguien que me preguntara qué tal llevaba la conciliación laboral con la familiar, qué podía alguien hacer por mi para llevarla mejor, qué tal iba mi salud mental, la de mi pareja, la de mis hijos… Solo una persona, con capacidad para hacer algo me llamó de verdad. Y lo hizo.

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Reviso mi lista de objetivos, misión y visión para seguir enganchado a la docencia… y cada vez se hace más difícil de llevar con mis otros objetivos, misión y visión no-docentes. No puedo ponerlo en una balanza… no quiero que llegue el día en que tenga que comparar, siempre he querido que todo forme parte del mismo plan vital.

No puedo hacer esto solo por mis hijos, ni solo por mi pareja; ni siquiera solo por mis padres, por mucho que ellos tengan la “culpa” de que su hijo tenga una idea tan elevada de lo que es la “universidad”.

No puedo hacerlo solo por mis compañeros, los que lo son de verdad; ni siquiera por los que no lo son y están en la uni por la pasta, por el negociete, por la fama o porque no les cogen en otro sitio; no tengo que demostrarles nada.

No puedo hacerlo solo por los alumnos, ni por los que parecen tener interés ni por los que no lo parecen: todos tenemos derecho a vivir nuestra “vida universitaria”, todos tenemos derechos a equivocarnos en algún momento, todos tenemos derecho a elegir en qué queremos gastar nuestro tiempo.

¿Entonces por qué? Pues creo que por 2 cosas:

Por compromiso. Por seguir siendo una persona de palabra, por seguir intentando ser ecuánime, justo, íntegro. Por respeto a la palabra dada, por respeto a los que están en esto conmigo y sí van de cara. Por respeto a los que ponen en mis manos 16 pares de ojos para que les dé clase. Por respeto a los que todos los días de su carrera universitaria se levantan por la mañana diciendo “a ver qué voy a aprender hoy”. No sé cuántas cosas podrán aprender de mí mis alumnos, creo que muy pocas; pero al menos espero haberles hecho pensar, como decía Sócrates. Y espero que, tal vez, alguno recuerde mi comportamiento y le sirva para algo en esta vida, aunque sea para no seguirlo; pero al menos que sea un motivo de reflexión y decisión propia.

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Y por amor. Por amor al paciente y al clínico del Siglo XXI, por amor al aprendizaje, por amor al alumno, por amor a los míos, por intentar devolverle a la sociedad parte de lo que me ha dado, por amor a algo llamado UNIVERSIDAD y que no tardará mucho en dejar de ser lo que para muchas generaciones fue.

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